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Con el calor cambian nuestros hábitos a la hora de la comida. Las neveras se llenan de frutas y verduras frescas. Pero las altas temperaturas nos obligan a cuidar más la conservación de los alimentos. Por Pilar Riobó.
La llegada del verano hace que cambie nuestra forma de comer. Las comidas calientes y pesadas del invierno se dejan de lado, y se toma más cantidad de líquidos y más frutas, verduras y ensaladas. También cambia nuestra forma de cocinar. Se pasa menos tiempo entre fogones, y los platos laboriosos se sustituyen por otros más fáciles. Pero el calor, uno de los principales enemigos de los alimentos, obliga a consumirlos lo antes posible, mantenerlos bien refrigerados y prestar especial atención a las etiquetas y las fechas de caducidad. Los alimentos frescos deben lavarse concienzudamente con unas gotas de lejía de uso alimentario si se van a consumir en crudo, para prevenir las gastroenteritis, tan frecuentes en esta época. Con los congelados, que tienen el mismo valor nutritivo que los frescos, hay que tratar de que no se rompa la cadena de frío utilizando bolsas isotérmicas para su traslado y evitando volverlos a congelar una vez descongelados. Frente a los insectos también hay que extremar las precauciones, sobre todo si se come al aire libre. Medidas como cerrar bien los botes, no dejar rastros de migas o azúcar sobre la mesa, y tapar y refrigerar los alimentos cuando no se estén consumiendo los mantendrán alejados de la comida.
Pilar Riobó es jefa asociada de endocrinología y nutrición de la fundación Jiménez Díaz. Artículo publicado por EL PAIS SEMANAL.
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